Dislexia: Un juego de palabras


Ziortza Huarte Martín
Universidad Europea Miguel de Cervantes (UEMC)
La dislexia, una de las dificultades de aprendizaje más comunes, ha sido tradicionalmente vista como un obstáculo para el éxito académico. De manera similar a cómo se percibía a los zurdos en épocas pasadas, la dislexia ha sido vista como una desviación de lo «normal», observada desde el prisma de la deficiencia y promoviendo un enfoque basado en la corrección en lugar de la comprensión.
A día de hoy, uno de los mayores retos sigue siendo la persistencia de mitos. A menudo, se reduce erróneamente a una simple confusión de letras o una alteración del orden de las palabras. Sin embargo, la realidad es mucho más compleja. La dislexia no solo implica dificultades para leer y escribir, sino que también conlleva una carga emocional significativa.
Esta dificultad de aprendizaje conlleva frustración, baja autoestima y, en algunos casos, una sensación de impotencia, especialmente cuando la etiqueta de «persona disléxica» se convierte en un estigma social. Esta etiqueta, lejos de ser solo un diagnóstico clínico, a menudo se asocia con la percepción de alguna deficiencia en la capacidad cognitiva, lo que genera una presión adicional.
El diagnóstico es fundamental para facilitar el apoyo adecuado desde los centros educativos, a través de estrategias como la ampliación de tiempo para llevar a cabo las pruebas, la no corrección sistemática de las faltas ortográficas, o la posibilidad de realizar las tareas de forma oral o mediante mapas mentales. Sin embargo, el papel del docente no debe limitarse a la enseñanza técnica, sino que debe incluir el acompañamiento emocional y la construcción de una identidad académica positiva en estos alumnos. Esta visión permite, por un lado, desmitificar la dislexia como una limitación, y por otro, enfatizar la importancia de adaptaciones psicopedagógicas que permitan a los estudiantes explorar y potenciar sus fortalezas.
Además, el entorno social en el aula desempeña un papel determinante en este proceso.
¿Cuántos niños con dislexia han sentido que su mayor temor no es equivocarse, sino ser ridiculizados por sus compañeros?. Las risas cuando leen en voz alta, los comentarios despectivos sobre su escritura o la falta de paciencia por parte del entorno educativo pueden marcar su trayectoria académica y personal. Un estudiante que constantemente se siente señalado tenderá a evitar participar en clase, lo que refuerza la idea de que su dificultad es un obstáculo.
Si sabemos que la dislexia no es un reflejo de la inteligencia de un niño, ¿por qué seguimos midiendo su rendimiento con herramientas que no se adaptan a sus necesidades? ¿Por qué en lugar de fomentar su confianza seguimos enfatizando sus errores? El aula no puede ser un espacio de exclusión, sino un lugar donde se valore el esfuerzo y la diversidad en el aprendizaje.
Para ello, es necesario un cambio de paradigma: pasar de la corrección a la comprensión, de la estandarización a la adaptación, y del juicio a la empatía.
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